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ANTI - NÚMERO 3 – JUNIO 2000 - TIWANAKU EN BREVE RESUMEN PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Administrator   
lunes, 03 de diciembre de 2007

Carlos Ponce Sanginés

El Doctor Carlos Ponce Sanginés es referencia insoslayable de los estudiosos del mundo precolombino. Decano e iniciador de la arqueología científica boliviana, tiene una dilatada trayectoria que se inicia a mediados de la década de 1950. Fundador y primer Director del Instituto Nacional de Arqueología (1971-1982), lo es también del Centro de Investigaciones Arqueológicas en Tiwanaku (1957-1975), del de Iskanwaya (1973-1975) y del de Samaipata (1973-1975). Dirigió todos los trabajos arqueológicos, excavaciones y restauraciones efectuados en Tiwanaku desde 1957 a 1982. Es autor de numerosos artículos y más de cuarenta libros, entre los que destacan Descripción sumaria del templete semisubterráneo de Tiwanaku; 200 años de arqueología boliviana; Exploraciones arqueológicas subacuáticas en el lago Titikaka. Actualmente tiene en prensa una actualización de la arqueología boliviana en cuatro tomos. Su labor fue reconocida con el Premio Nacional de Cultura en 1977; en 1990 la Universidad Privada Franz Tamayo lo distinguió con el título de Doctor Honoris Causa en Arqueología. Director  de la Revista Pumapunku y del Centro de Investigaciones Antropológicas Tiwanaku (CEINANTI), ha dictado conferencias en el marco del Seminario Internacional Los Andes antes de los Inka.

1. Ecología
     Los monumentos prehispánicos de Tiwanaku son renombrados por sus señeras construcciones y por su admirable escultura lítica. Ya en 1605 el cronista Lizárraga apuntaba acerca de esas ruinas que "casi no pasa por aquel pueblo hombre curioso que no las vaya a ver" (1). Alrededor de cuatro centurias después se puede repetir la frase y despiertan singular atractivo para el hombre de ciencia y también para el simple turista. Se ha acopiado una frondosa bibliografía al respecto y de seguro proseguirán en el futuro los aportes. Constituyen los vestigios visibles de una antigua cultura, que en su tiempo forjó su propio desarrollo.
La cordillera andina en el centro-oeste de Suramérica se bifurca en dos cadenas principales, que encierran el altiplano intermontano de Bolivia y la parte suroriental del Perú, que en su mayor parte  pertenece a aquélla. Abarca alrededor de 200 mil kilómetros cuadrados y 1031 kilómetros. lineales de longitud, que comienza por el norte desde el portezuelo o abra de la Raya y continúa hasta inmediaciones del volcán Licancabur, para adentrarse en la puna de Atacama, abarcando en latitud desde el paralelo 14º09' al 22º50', conformando una meseta alta, situada entre 3600 y 4500 m.s.n.m. (2). El conjunto de su sistema hidrológico es endorreico, vale decir cerrado. Por las condiciones de altitud, posee clima de montaña, con sus peculiaridades de intensidad luminosa elevada, temperaturas bajas en general, desecación del aire (3).
En la porción norteña de aquél se halla emplazada la cuenca del lago Titikaka, que cubre superficie de 57.340 kilómetros cuadrados, de los cuales 8.559 pertenecen al espejo lacustre. Fue ciertamente la parte privilegiada por sus condiciones ecológicas favorables para la vida humana y por tanto explicable la aparición primiceria de asentamientos aldeanos y después para el desenvolvimiento de formas políticas estatales. Con las consiguientes salvedades, desempeñó un rol semejante al del Mediterráneo en el viejo mundo, crisol de desarrollo cultural (4).
Ahora bien, al suroeste de ella, se levanta el llamado valle altiplánico de Tiwanaku, cuya forma se asemeja a una herradura, circunscrito en sus costados por la serranía meridional Chilla-Kimsachata, con elevación máxima de 4825 m.s.n.m. y la septentrional de Taraco. Denota aproximadamente 39 kilómetros de longitud y 18 de ancho máximo, con extensión de 600 kilómetros cuadrados en guarismos redondos. Por el oeste le corta la bahía de Waki (otra grafía, Guaqui), delimitada por las puntas de Taraco y Desaguadero respectivamente. Le atraviesa de E-O el río Wakira, caudaloso en la temporada lluviosa.
El actual cantón (equivalente a distrito en la división político-administrativa) Tiwanaku, que dispone de 318 kilómetros cuadrados de territorio, pertenece a la provincia Ingavi del departamento de La Paz. Codificado como 2 08 301 por el Instituto geográfico militar y 406301 por el Instituto nacional de arqueología. Enclavado casi al centro del mencionado valle altiplánico, donde se yergue el actual pueblo, cuya fundación se remonta hacia 1570 en pleno período colonial español, evidenciándose que el área arqueológica yace al este del mismo, la cual sobrepasa los cuatro kilómetros cuadrados. A 3842,4990 metros de altitud sobre el nivel del mar. Dista 16 kilómetros de las márgenes del lago Titikaka por el oeste (circunscripción del puerto de Waki) y apenas 12 por el norte, aunque aquí le separa la cresta de la serranía septentrional.
En la clasificación ecológica se ubica en la formación de bosque húmedo montano subtropical (bhMST), considerado apropiado por tanto en términos de bioclima para la agricultura y ganadería (5). Por la constante actividad humana milenaria han desaparecido los árboles nativos achaparrados, keñua y kiswara (respectivamente Polylepis spp. y Buddleia spp.), quedando actualmente tan sólo algunos manchones aislados al pie de la serranía, el cual reúne condiciones microclimáticas. Vegetación rala, donde predomina la paja brava (Stipa ichu). Desde el punto de vista de uso de la tierra, se le incluye en la categoría de cultivo diferenciado de zona alta sobre los 3000 metros, bien marcada en el mapa elaborado con imágenes de satélite tecnológico de recursos naturales (6). Según Cochrane pertenece al sistema de tierra III b1, aunque su diagnóstico no parece fidedigno (7).
El clima típico de tierras altas, con sólo dos estaciones pronunciadas, invierno seco y verano lluvioso. En la división al respecto establecida por García y Viparelli se encontraría en la zona IIa  (8). Con humedad adecuada en el suelo para la vegetación de noviembre a mayo y en cambio los meses de junio a agosto experimentan biotemperaturas que son limitantes para los cultivos. Precipitación pluvial media anual de 678 milímetros, mínima de 462 y máxima de 880  (9). Temperatura media ambiente de 7,6º C con mínimas de -13º y máxima de 23º C. El referido valle altiplánico está atravesado de E-O por el río Wakira, con caudal promedio de 0,204 metros cúbicos por segundo, en cuya composición se advierte bicarbonato cálcico (10). Toda la red de drenaje fluye hacia el lago Titikaka, cuyo nivel está sujeto a oscilaciones métricas estacionales y cíclicas.
Los cultígenos andinos beneficiados son principalmente patata (Solanum spp.), oca (Oxalis tuberosa), quinua (Chenopodium quinoa) y kañawa (Chenopodium pallidicaule), ulluku (Ullucus tuberosus). En la colonia española se introdujo la cebada (Hordeum vulgare) y haba (Vicia faba), aumentándose el repertorio de plantas cultivadas. Los suelos son ligeramente alcalinos. En la porción llana del valle, suavemente en declive rumbo al oeste, aparecen los suelos profundos pardos de textura franco arcillosa, antiguos sedimentos lacustres cuaternarios. En cambio, aquellos de la serranía meridional, con pendientes superiores al 15%, muestran grava en la superficie y texturas livianas (11). Dicha serranía  está conformada por rocas areniscas de la formación terciaria, denominada asimismo Tiwanaku por los geólogos y la septentrional con conglomerados de la formación también terciaria Taraco (12). Algunos autores del siglo XIX exageraron la aridez del paisaje, como acontece con el autor francés Nadaillac (1883), que afirmaba que allí "ninguna vegetación es posible y ningún cereal puede madurar, todos los elementos son insuficientes para mantener la vida", incurriendo en hipérbole desmesurada (13). Cabe indicar que el medio ambiente un tanto frígido y aparentemente desfavorable a la agricultura, fue superado por un pueblo que  se empeñó en vencer dificultades, gracias a una tecnología implantada por el estado tiwanacota a principios de nuestra era, que encaró el problema con procedimientos bien planteados y que permitieron un excedente económico, así como un pensamiento que procuraba la integración con otras regiones.
Por último, en lo tocante a  comunicaciones, se halla conectado a través de carretera Río Seco-Desaguadero en su tramo de 60 kilómetros lineales de trayecto, a contar desde El Alto, con la sede del gobierno boliviano, la ciudad de La Paz y por consiguiente de fácil acceso. Con anterior plataforma de grava, deficiente sin duda, lo que justificó su asfalto, tarea ya realizada.
El altiplano boliviano se suele dividir en tres segmentos. El norte, ubicado al oriente e inmediatamente al sur del lago Titikaka, sin duda el más ventajoso y productivo en cosechas, denso de población en la porción circunlacustre A continuación, el central, que cubre las provincias del sur paceño y el departamento de Oruro, ámbito donde fluye el río Desaguadero y el lago Poopó, caracterizado por las matas de thola (Lepidophyllum cuadrangulare) y frecuentes suelos arenosos, en que se cultiva fundamentalmente quinua y apto para la ganadería de auquénidos. Por último, el sur que abarca varias provincias potosinas y el salar de Uyuni, donde prevalece la pecuaria intensa de camélidos (14).
El altiplano o suni se halla encerrado a guisa de paréntesis por la cordillera occidental andina que lo separa de los valles yunka marítimos (donde se encuentran Moquegua y Tacna) y por la cordillera oriental o Real, que también le aparta de los valles mesotermos kerwa y las quebradas yunka de la vertiente amazónica (15). Desde muy temprano se habría producido la interrelación entre pisos ecológicos, dentro de una adecuada complementariedad de recursos naturales y de mutuo beneficio, que impulsó a institucionalizar al estado tiwanacota la explotación racional de aquéllos y explica su consiguiente expansión.
Dollfus troqueló la expresión el reto del espacio andino, porque evidentemente lo fue en el pasado y lo es al presente. El hombre y su cultura se ensamblaron antaño perfectamente en una conjunción estrecha y hasta perfecta. Y en ese esfuerzo se destacó el estado de Tiwanaku, que en el período precolombino forjó un desarrollo admirable y que en las páginas siguientes se dilucida.
 2. Cuatro siglos de  esfuerzo científico
         Los monumentos prehispánicos de Tiwanaku llamaron la atención de quienes transitaban el polvoriento camino de paso por allá, desde poco después de consolidada la conquista española e implantado el régimen colonial. En 1549 visitó esas ruinas el cronista Pedro Cieza de León (1518-1560), que consagró el capítulo CV de su escrito a una sumaria descripción, más guiado por su asombro al contemplarlas, dado que su erudición era bastante limitada. No obstante, fue el primero que planteó el problema de la antigüedad. Interrogó, incitado por la curiosidad a los nativos lugareños, si las edificaciones visibles se habían erigido en tiempo de los inkas y ellos en franca hilaridad por la ingenuidad de la pregunta, respondieron que no y que ya estaban construidas muy antes. Por tanto, propugnaba un origen preinkaico, hasta calificar textualmente a Tiwanaku como "antigualla por la más antigua de todo el Perú", en su peculiar prosa un tanto desaliñada. Si se tiene en cuenta que el ocaso de la cultura tiwanacota se produjo a fines del siglo XII, en el lapso posterior de aproximadamente de tres centurias y media se había disipado el recuerdo histórico en la memoria popular de quienes habitaban el lugar, de toda rememoración de la presencia de un poderoso estado antaño, permaneciendo tan sólo la reminiscencia de su data precedente al Inkanato (16). Las observaciones del citado autor fueron proseguidas por muchos otros cronistas, entre otros Diego de Ocaña en 1603, Reginaldo de Lizárraga hacia 1605, Inka Garcilaso de la Vega que se apoyó en el testimonio de su condiscípulo Diego de Alcobaza en 1609, Bernabé Cobo visitó las ruinas en 1610 y 1617, Antonio Vázquez de Espinosa en 1628, Antonio de Castro y del Castillo en 1651,  Pedro Nolasco Crespo en 1792 (17). Sus textos no enderezaban a la pesquisa propiamente científica, sino se circunscribían a consignar sus impresiones al admirar los vestigios arquitectónicos. Por su parte, varios de ellos narraron mitos, en especial cosmogónicos, vinculados a los mismos. No se trataba de investigación científica propiamente dicha, pero su información resultaba útil por el tiempo ya alejado del nuestro en que caminaron por ahí.
La era de los viajeros se inició a continuación, al cierre del siglo XVIII y prosiguió en el XIX. Sus actores, personalidades que se trasladaban fundamentalmente de Europa para disfrutar de una realidad distinta y como corolario difundir sus experiencias a través de publicaciones. Aunque muchas veces se atendía a lo insólito y pintoresco, también se intentaba un acercamiento a la dilucidación de lo que significaban los antiguos monumentos, si bien no se disponía de una metodología rigurosamente científica. De cualquier modo un paso adelante en búsqueda de explicación de sus alcances y cuando se formularon algunas hipótesis todavía germinales. Puede definírselo como prearqueología. Abría el listado de dichos viajeros, Tadeo Haenke (1761-1817), naturalista bohemio, que participó en la expedición marítima española de Malaspina y remató domiciliándose en Cochabamba. En 1794 estuvo en Tiwanaku y tuvo la suerte de ser el primero en contemplar la llamada Puerta del sol, tumbada sobre el suelo. Establecida la independencia política de Bolivia, desligada ya de la secante dependencia de España, despertó el país a las consiguientes relaciones internacionales. Y entonces se produjo el alud de extranjeros con intereses comerciales, pero también algunos con visos intelectuales. El secretario del consulado inglés en Perú, Joseph Barclay Pentland (1797-1873), fue comisionado para prestar un informe sobre el naciente estado y como no podía ser de otra manera acudió a contemplar Tiwanaku. Le siguió el naturalista francés Alcides Dessalines d'Orbigny (1802-1857), que recorrió el lugar en dos días escasos de 1833. El pintor germano Johan Moritz Rugendas (1802-1858) con sus pinceles a mano en un par de días de 1844 documentó las ruinas. Leoncio Angrand (1808-1866), que desempeñaba funciones diplomáticas, en la navidad de 1848 tomó unos valiosos dibujos y publicó después una carta donde incurría en variados errores. Su compatriota y comisionado oficial de su gobierno, Francis de Castelnau, que vino con propósitos geográficos, en 1845 estuvo algunas horas y formuló una breve descripción. En 1851 se editó en Viena la lujosa obra intitulada Antigüedades peruanas, cuyos autores eran el arequipeño Mariano Eduardo de Rivero (1798-1857) y J.D. Tschudi (1818-1889), donde se consignaban algunos dibujos sobre Tiwanaku. En la nómina prosigue el británico Clements R. Markham (1830-1916), patrocinador de la hipótesis del imperio megalítico andino. Luego el geólogo escocés David Forbes (1809-1868), que probablemente estuvo allí hacia 1863. Cabe recordar al estadounidense Ephraim George Squier (1821-1888), diplomático, empresario y viajero impenitente, que permaneció una semana entre los monumentos tiwanacotas y en su acucioso libro insertó sus observaciones, siendo el primero en utilizar un aparato fotográfico. El ex-presidente argentino Bartolomé Mitre (1821-1906), político, militar e historiador,  editó un opúsculo en 1879 donde consignó sus comentarios y su aventurado conocimiento de Tiwanaku cuando cabalgaba como deportado político a la frontera peruana. Charles Wiener,  viajero austríaco naturalizado francés, un tanto extravagante, durante una semana pernoctó en Tiwanaku en mayo de 1877 y tres años después puso en circulación una gruesa obra con el relato de su periplo en Bolivia y Perú. Cierra históricamente el ciclo de los viajeros el alemán Ernest W. Middendorf (1830-1908) a fines de la década de 1880, con una obra en tres tomos que sobrepasan el millar y medio de páginas, de las cuales 22 consagra a Tiwanaku. En la nómina se ha omitido a las figuras menos estelares. En resumen, la contribución de los viajeros del siglo XIX puede ser evaluada como un inicio de la curiosidad científica respecto de los monumentos de Tiwanaku, cuyas observaciones obedecían más a la visión del hombre común desprovisto de una metodología adecuada. Se trataban de rápidas prospecciones, aunadas por lo general con el deseo de mostrar lo insólito y hasta  pintoresco. Una etapa propiamente prearqueológica, pero que de ninguna manera puede ser soslayada o ignorada, pues cuando menos permite aquilatar el estado de conservación en que se encontraban entonces. Arribar hasta las ruinas implicaba un fatigoso esfuerzo, con vías de comunicación en extremo rudimentarias (18).
En la década de 1890 se inició la investigación arqueológica con un sentido netamente científico, en la cual se fueron dando los primeros pasos de ensayo al efecto y formulándose secuencias culturales con una periodificación bastante incipiente, unida también a peculiaridades arcaizantes renacentistas como el asociarla a la conformación prioritaria de colecciones de especímenes prehispánicos. Se puede calificarla justamente como etapa protoarqueológica. Ejecutaban su trabajo los pioneros en forma rudimentaria, pero en cualquier caso representaba un avance con relación a los viajeros decimonónicos que eran meros recolectores de piezas arqueológicas que acumulaban durante sus expediciones. Además, implicaba la aparición de profesionales en la materia o cuando menos de dedicación cuasi completa a su labor. Correlativamente las publicaciones dadas a estampa, constituían una fuente de información con propósito exclusivamente científico. La metodología utilizada, primeriza, implicaba naturalmente limitaciones y hasta errores, pero propios de su tiempo, donde la arqueología todavía balbuceaba, se encontraba larvada y germinal. Quienes se animaban investigar Tiwanaku debían vencer los escollos de la distancia, el encontrarse con una sociedad atrasada típica de la república oligárquica, que no prestaba atención a los monumentos prehispánicos, en la cual predominó el régimen conservador manejado por los grandes magnates de la minería argentífera y a su caída en 1899 el advenimiento del liberalismo proclive a la minería del estaño. Se destacaban personalidades de quehacer individual, con su aureola de prestigio entonces y que con frecuencia chocaban por sus concepciones dispares y dogmáticas que se encasillaban en sus peculiares argumentos.
Uno de los pioneros más relevantes fue sin duda alguna el germano Max Uhle (1856-1944). Como fruto de sus desvelos, editó en 1892 una voluminosa obra sobre las ruinas de Tiwanaku, en coautoría con A. Stübel. No deja de causar extrañeza que Uhle la publicara sin conocer personalmente las ruinas, puesto que tan sólo en 1894, del 20 al 21 de abril, tuvo ocasión de visitarlas (19). Uhle además revestía un criterio colonialista y supuso que formar y vender colecciones arqueológicas era algo muy natural. Así envió una de Tiwanaku con destino al museo berlinés. Mantuvo dos ácidas polémicas con otro pionero, Arturo Posnansky (1873-1946), austríaco nacionalizado boliviano, quien al margen de sus intereses empresariales, se dedicó a estudiar y defender de la depredación los monumentos tiwanacotas. Si bien hoy en día resultan sus aseveraciones en extremo discutibles, permanece como saldo positivo su tarea proteccionista. Otras figuras a mencionar son Adolph Francis Alphonse Bandelier (1840-1914), suizo nacionalizado estadounidense, que se destacó por su trabajo en la isla del Sol y el sueco Erland Nordenskiöld (1877-1932), que localizó el ramal tiwanacota en Miske (20).
La tercera etapa en la trayectoria de la indagación respecto a Tiwanaku se tipifica por el acercamiento directo a las ruinas mediante la excavación limitada en su magnitud y con propósitos científicos, aunque todavía germinales y no desarrollados a plenitud. Comprende ella algo más de media centuria en su trayectoria, a contar desde 1903. Si bien en cuanto a metodología los comienzos se muestran incipientes, se la perfeccionó en su decurso, aunque no llegó a un grado óptimo. Correlativamente se formaron grandes colecciones aglutinadas por aficionados, que se sentían atraídos de una u otra manera por las expresiones del pasado. La investigación se hallaba fundamentalmente a cargo de misiones extranjeras, donde los elementos nacionales experimentaban postergación y cuando mucho se les asignaba tareas auxiliares. Se observaba una relación asimétrica de dependencia, ya que la iniciativa provenía de afuera, con perspectiva netamente neocolonial. Predominó un cierto desdén por el personal local e inclusive se transportó como norma casi general el material exhumado a los países metropolitanos. Coincidía la etapa en cuestión con la era de los grandes capitalistas que acapararon la explotación del estaño y con la innegable férula del patronato oligárquico. En el país mismo se miraba con reticencia las expresiones nativas y hasta se las consideraba como algo retrógrado y por consiguiente se asignaba escasa importancia a las culturas prehispánicas.
El primer eslabón en la cadena constituyó la misión científica Créqui-Montfort y Sénéchal de la Grange, a la cual el gobierno francés confirió carácter oficial. Se encomendó a uno de sus miembros, el geólogo Georges Courty, que excavara en Tiwanaku, desde el 3 de septiembre al 15 de diciembre de 1903, con deplorable descuido y ausencia de técnica como quien cosecha patatas. Las calas emprendidas por Otto Buchtien desde el 22 de diciembre de 1913 por el lapso de ocho semanas, o sea hasta mediados de noviembre del indicado año, fueron todavía más nefastas. Wendell Clark Bennett (1905-1953), miembro del Museo americano de historia natural de Nueva York, durante 25 días en 1932, ejecutó pequeñas excavaciones en Tiwanaku, una decena de pozos, con superficie total de 120 metros cuadrados y estableció una secuencia cultural de la cerámica, dividiéndola en antigua, clásica y decadente. Eduardo Casanova, investigador argentino del Museo de ciencias naturales de Buenos Aires, cavó 25 unidades de sondeo, con una extensión total de 50 metros cuadrados, en el lapso de cuatro semanas en 1933. El arqueólogo sueco Stig Rydén (1908-1965), del personal del Museo etnográfico de Gotemburgo, hacia julio de 1938 procedió a la apertura de siete unidades de excavación que abarcaron una superficie total de 22,41 metros cuadrados, o sea extensión bastante restringida. Se cerró el ciclo de los excavadores en pequeña escala con el estadounidense Alfred Kidder II (1911-1984), quien con el auspicio del Museo universitario de Pensilvania pudo entre el 27 de junio y 15 de julio de 1955, practicar dos pozos estratigráficos (21).
¿Qué aconteció con los bolivianos? El médico de profesión Belisario Díaz Romero (1870-1940) y los historiadores José María Camacho (1865-1951) y Rigoberto Paredes (1870-1951) publicaron interesantes trabajos sobre Tiwanaku, pero no asumieron labores de campo, que quedaron a manos de la iniciativa foránea.  Empero, conformó un acierto el erigir el Museo nacional en La Paz, aunque misceláneo, por compra de un edificio de propiedad de Arturo Posnansky por parte del estado el 22 de mayo de 1922. Gracias a la iniciativa del parlamentario Tomás O'Connor d'Arlach (1853-1932) se dictó la ley de 3 de octubre de 1906, que declaraba propiedad de la nación las ruinas de Tiwanaku y que se complementó con el decreto supremo de 11 de noviembre de 1909, que impedía cuando menos teóricamente el vandalismo.
En esa etapa se formaron tres grandes colecciones privadas, en gran proporción con piezas tiwanacotas. Julius Nestler, cónsul austrohúngaro en Bolivia, aprovechó su estatus para hacerse en 1910-11 de una colección de 3644 ejemplares, que trasladó a Praga y que a su fallecimiento se traspasó al museo de esa ciudad, donde permanece. Un acto de piratería  cultural censurable. Fritz Buck (1877-1961), de nacionalidad alemana, joyero y aficionado a la arqueología, conformó otra importante colección de 3838 objetos, que tras una serie de peripecias desagradables para el patrimonio cultural boliviano, por fin se transfirió al Museo de metales preciosos precolombinos de La Paz.  Sin embargo, con precedencia en 1935, la copropietaria de la colección Buck, señora Oeser, había vendido un lote de vasijas tiwanacotas al Museo nacional de arqueología de Lima, violando las normas legales bolivianas. El coronel Federico Diez de Medina Lértora (1882-1963) fue un enamorado del arte prehispánico y en ese entendido formó una valiosa colección de 18.662 especímenes, la cual a su fallecimiento fue adquirida por el estado y se la guarda en el Museo nacional de arqueología.
El advenimiento en 1957 de la institucionalización de la arqueología boliviana, o sea la cuarta etapa, obedeció a un proceso histórico bien perfilado y no fue fruto de la casualidad. Constituyó repercusión incuestionable de las modificaciones estructurales de la revolución de 1952 en una de sus facetas plausibles, al interesarse por cuanto concernía a las culturas prehispánicas y a las etnias nativas, con precedencia despreciadas por la república oligárquica. Como consecuencia directa de las mismas, se despejó la discriminación sobre todo cuanto con precedencia se estigmatizaba y se tildaba con tónica peyorativa,  presentándose por ende un panorama propicio para la arqueología.
En ese marco me cupo fundar el 20 de octubre de 1958 y ser primer director del Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku (sigla CIAT), como institución científica permanente y con sede allí, constituía la emergencia de la institucionalización de la arqueología boliviana y apoyada por el estado.  El 2 de agosto de 1960 inauguré el Museo arqueológico regional, donde se conserva el material rescatado de las excavaciones. En 1970 hice colocar la malla olímpica para proteger el área arqueológica del vandalismo persistente. Si se dilucida una periodificación dentro de la cuarta etapa, se distinguen netamente dos fases: La primera en que se erigió el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku, que abarcó el lapso 1957-1974, o sea 18 años. La segunda ocupada por el Instituto nacional de arqueología (sigla Inar), también fundado por mí  en 1975 y del cual fui primer director. Desde ese año hasta el 2000, vale decir un cuarto de siglo, puede ser desagregada en subetapas de acuerdo a las gestiones de sus seis directores posteriores sucesivos, pudiéndose mencionar a Jorge Arellano,  Carlos Urquizo Sossa, Juan Albarracín, Oswaldo Rivera Sundt,  David de Rojas Silva y José Tejeiro. Sensiblemente en los  dos gobiernos más recientes,  fue rebajado de jerarquía, simplemente como Dirección nacional de arqueología y antropología, ocupando un rengo menor.
Se puede sintetizar someramente las principales actividades efectuadas. La ejecución de excavaciones en gran escala desde 1957 a 1960 y de 1974 a 1978, emprendidas bajo la dirección del arqueólogo Carlos Ponce Sanginés, cooperado por personal boliviano. Se concentró el trabajo en Kalasasaya,  Templete semisubterráneo, Kherikala, Lakkakollu, Putuni y parte de Akapana y Pumapunku (22). Un descubrimiento sensacional fue sin duda el de la estela que fue bautizada Ponce, en homenaje a aquél, tallada en andesita y de 3 metros de alto, muy bien conservada, en la unidad de excavación H-13 del patio interior de Kalasasaya el viernes 8 de noviembre de 1957 a una profundidad de 2,10 metros Con posterioridad se prosiguió las excavaciones de 1988 a 1990, principalmente al noroeste de Akapana y al norte de Putuni, aunque como un proyecto mixto entre el Instituto nacional de arqueología y la Universidad de Chicago. Continuó también la labor en Pumapunku, pero exclusivamente a cargo del Inar (23).
Cumple mencionar aquí la restauración practicada en los muros de Kalasasaya. Siendo terraplenado el edificio, la tierra corría el riesgo de ser arrastrada desde la plataforma hacia afuera por acción pluvial  y también que se desmoronara el paramento murario. Para el efecto se empleó el material que había caído y por tanto no era extraño al edificio. Esta tarea se realizó desde 1965 a 1973, en 9 años seguidos, dada la magnitud, bajo mi dirección. Con anterioridad se restauró el Templete semisubterráneo, que peligraba por inundaciones al ser hundido y los paramentos murarios podían derrumbarse. La restauración demandó desde 1961 a 1964. Se la realizó con precisión, numerándose cada una de las piedras, hasta las más pequeñas, con su ubicación exacta en planos de escala 1/20, así como en fachadas y cortes, fuera de numerosas fotografías documentales (24).
Tras el recuento de las principales excavaciones, cabe pasar revista a los resultados cosechados en la esfera científica. Conviene esclarecer que para Tiwanaku se estableció una secuencia de cinco épocas, de la I a la V y tres estadios de desarrollo, el aldeano equivalente a la época I y II; el urbano que se subdivide en una fase temprana o época III y una fase madura o IV; por último, el imperial o época V. De acuerdo al lineamiento político, se ha elucidado que el estado tiwanacota atravesó tres etapas, local, regional e imperial, coincidiendo con las épocas III, IV, V, además de una previa aldeana o preestatal, concordante ésta con la I y II. Tal secuencia se determinó según las conclusiones de la excavación practicada en el patio interior de Kalasasaya, donde la estratificación mostraba muy clara la sucesión de las capas respectivas.
Un avance decisivo fue formular la cronología absoluta para Tiwanaku, que con anterioridad había sido sujeta a adjudicación de una antigüedad hiperbólica con apariencias cientificistas. La introducción de la datación radiocarbónica al respecto significó un importante adelanto, porque se despejaron especulaciones fantásticas. Sirvió para fijar la duración pertinente. La etapa aldeana o preestatal se habría desenvuelto entre 1580 a.n.e. al 133 d.n.e. Hacia el 150 a.n.e. se habría producido una transición de aquella hacia la formación del estado. El estado local desde 133 hasta 374 d.n.e., el regional hasta el 724 d.n.e. El imperial desde entonces hasta 1172, el fechado más reciente para Tiwanaku. De lo indicado se desprende que la cultura tiwanacota tuvo una prolongada trayectoria, milenaria si cabe la expresión. La cronología propuesta en vez de ser rectificada, ha sido ratificada por otros fechados.
En la enumeración sólo puede citarse raudamente otros rubros: Catalogación por vía computadora, legislación protectora del patrimonio cultural prehispánico, fomento del turismo, de la actividad artesanal. Asimismo, múltiples proyectos de investigación, publicación de libros y artículos científicos, reuniones especializadas, en fin una actividad incesante.
Personalmente correspondió a Ponce Sanginés un rol preponderante en esta cuarta etapa, como director y fundador del Comité de excavaciones en 1957, del CIAT y del Inar desde 1958 a 1982; luego, como director del Centro de investigaciones antropológicas Tiwanaku desde 1989 hasta la fecha.
 3. Monumentos principales de Tiwanaku
            En el presente capítulo se brindará un escorzo resumido de los principales monumentos excavados en la ciudad precolombina de Tiwanaku, ya que de ellos se cuenta con información científica disponible.
El Templete semisubterráneo es uno de los monumentos más interesantes de Tiwanaku y en el mismo se traduce un logro notable de la arquitectura nativa y hoy en día se puede encomiar la concepción estética de sus constructores de casi dos milenios atrás. Se halla situado al este del recinto de Kalasasaya y a una distancia de 21,50 metros. Su posición geográfica de 16º33'03" de latitud sur y 68º40'13 de longitud oeste. Cuadrícula 351701 de la hoja 5844-II de la carta nacional. Codificado como 40630102. Tiene una diferencia de nivel de 2,64 metros con el piso externo de Kalasasaya. La excavación practicada para ponerlo en descubierto demostró que no estaba completamente destruido como suponían otros autores, sino en bastante buen estado de conservación, aunque por supuesto carecía de los sillares de la parte superior del paramento murario. Es de planta ligeramente rectangular, compuesto de cuatro muros de contención en torno a un patio abierto, dígase hundido. El lado oeste mide 28,47 metros, el este 28,57, el norte 26,00 y el sur 26,05. En la fachada del muro norte se percibe 14 pilares monolíticos plantados verticalmente, en el este 11, en el oeste 15 y en el sur 9. Todos son de diferente tamaño y colocados irregularmente. Entre uno y otro pilar media aparejo de sillares toscos. Los muros adornados con cabezas humanas sobresalientes, esculpidas en bulto y en piedras de color blancuzco, en especial roca caliza e ignimbrita. Los pilares que se encuentran en las medianas estaban tallados con figuras antropomorfas, de las cuales han quedado vestigios, porque se han borrado casi del todo. El material lítico predominante la arenisca roja. El patio interior de tierra apisonada, con leve declive y a dos metros de profundidad en relación al suelo circundante externo. Su escalinata de acceso originalmente de siete peldaños daba al sur, o sea hacia Akapana y no se conectaba por tanto directamente con Kalasasaya. Un canal abierto corría al pie de los muros para desaguar tras las precipitaciones pluviales. Hallazgo significativo fue un receptáculo de piedra de forma cilíndrica y decoración incisa con fina línea, que servía para depositar ofrendas. Se encontraba casi al centro del Templete la estela pilar 1 (antes designada 15) en la época III y en la IV se efectuó una modificación, colocando la estela 10 de gigantescas dimensiones.
En cuanto a su función fue indudablemente un templo pequeño, de 742,70 metros cuadrados, o sea con modesta capacidad de congregar una masa de un millar de personas, dentro de una estimación razonable. Es incuestionable que allí se realizaban ceremonias y también danzas, al igual que hoy en día se verifican tales espectáculos en las festividades de los pueblos altiplánicos. Dentro de la cosmovisión, representaba el Templete el mundo de abajo, donde residían los seres por nacer y los muertos. Por su escalinata de siete peldaños se descendía al patio hundido, un indicio que encarnaría el plano del inframundo. Las cabezas clavas que sobresalen del paramento son muy variadas y se las puede interpretar como que reproducen individuos de diversos grupos étnicos, personajes que no son dioses, sino humanos. El material utilizado en los muros es la arenisca roja, probablemente simbolizando la oscuridad propia del medio subterráneo. Hay que añadir que las estelas erguidas al centro miran hacia el sur, no al este u oeste con respecto al curso solar, sino más bien en relación de nocturnidad. Aquí cabe recordar el mito recogido por el cronista colonial Betanzos, en que el dios demiurgo en su segunda creación plasmó en Tiwanaku el sol, el día, la luna y las estrellas y esculpió en piedra las efigies de la gente que se  diferenciaba en distintos pueblos y que se desparramaron por todo el orbe. Posiblemente tal mito de creación estuvo presentado en forma icónica ahí (25).
El Templete fue excavado parcialmente por Courty en 1903 mediante unas estrechas zanjas, con deplorable técnica, para poner en descubierto los muros y una central. Con las lluvias, la tierra extraída y depositada junto a la zanja, se desmoronó, volvió a introducirse y la tapó. Con posterioridad, Bennett en 1932, casi al centro descubrió la estela 10, a la que se confirió su nombre. En 1960 la excavación del Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku, bajo mi dirección,  fue integral, reexcavó lo tocado por Courty y Bennett y lo que no había sido removido con precedencia. Comprendió 25 unidades de excavación, con sus respectivos bordos, testigos o claves estratigráficas. La estratificación era intrusiva, producto de sedimentación y por tanto posterior al abandono del edificio, material alógeno acarreado por acción pluvial desde Akapana. Corresponde en la secuencia cultural a la época III o fase urbana temprana, estado local de Tiwanaku, corroborada la afirmación por el material lítico empleado, arenisca roja y el estilo de su paramento. Consta el informe respectivo en un libro monográfico muy detallado (26).
Kalasasaya consiste en una gigantesca edificación terraplenada que ha perdurado a través del tiempo. Se encuentra a 16º33"06' de latitud sur y 68º40'15" de longitud oeste. Cuadrícula 350700 de la hoja 5844-II de la carta nacional de Bolivia, compilada por método fotogramétrico. Codificada como 40630103. La denominación significa en aymara piedras erguidas, sincopada de kala-saya-saya, con morfema de plural por redoblamiento, por lo cual se infiere que tal designación no es prístina, sino relativamente moderna. Situada contigua a la pirámide de Akapana y al norte de la misma. Durante muchos años, antes que el gobierno boliviano adquiriera el terreno, estuvo sometido a cultivos agrícolas, lo que deterioró por supuesto el monumento. Se excavó en Kalasasaya, bajo mi dirección, de 1957 a 1960. Se evidenciaba que se trataba de una edificación terraplenada con muros de contención en sus cuatro costados, compuestos por pilares plantados a intervalos y el espacio que mediaba entre ellos con hiladas de sillares. Los muros norte y sur, trabajados con arenisca, corresponden a la época III e igualmente una parte del oeste. En cambio, en el este, el muro original fue cubierto por delante por uno más elaborado y construido con material andesítico en la fase urbana madura (estado regional) para embellecerlo, así como la llamada pared balconera, extensión saliente de la plataforma en el lienzo oeste, con sus dos ángulos. Por consiguiente, sufrió modificaciones la estructura con el decurso del tiempo. El recinto se halla separado en dos segmentos, un patio rectangular más pequeño y que se lo ha denominado interior, pero con el piso al mismo nivel que todo el terraplén, con acceso por la portada principal maciza y la escalinata de siete peldaños, separado por un muro de otro patio en forma de C. En derredor del patio interior se encontraba una serie de pequeñas construcciones, cuya pared externa es de adobe, con aplanado pintado en tono verdoso y su interior con revestimiento de sillares de piedra. Carecen ahora de techumbre. Al centro de aquél se levantaba la estela Ponce. Escalante asigna como dimensiones definitivas de Kalasasaya 135 metros como largo máximo y 119,06 como ancho máximo (27). Se habría construido en la época III y perfeccionado en la IV. En Kalasasaya está emplazada la llamada Puerta del sol y la estela 7, popularmente conocida como El fraile, que no se sitúan en su sitio original.
En verdad, una obra de ingeniería y arquitectura aborigen que causa admiración. Lo más probable es que Kalasasaya fuere la sede cívica-administrativa-religiosa propia de la parcialidad o mitad norte de la ciudad de Tiwanaku, en tanto que Pumapunku de la mitad sur, dentro de una concepción dualista. Como excede en superficie 15 mil metros cuadrados, podía albergar en ceremonias o en actos especiales a nutrida muchedumbre por tratarse de un edificio abierto sin techumbre. Se colige que en las grandes ocasiones la multitud espectaba lo que acontecía en el patio interior desde el recinto que circundaba a éste. Es indudable que Kalasasaya se hallaba asociado a la cosmovisión, que representaba el plano celestial, morada de los arquetipos. Como era terraplenada la construcción y se trepa por su acceso principal a través de una escalinata de siete gradas (número sagrado), denotaría concomitantemente una subida simbólica al plano celestial. Además, en virtud que sus muros de contención externos este y oeste se encuentran erigidos con roca andesita, que al parecer ella se relaciona con el elemento solar, la luz y claridad, lo mismo que la estela principal Ponce. Por añadidura, como el patio interior se correlacionaba con los equinoccios y solsticios, o sea con observaciones astronómicas, se pudiera sugerir que la obra se consagraba al sol (28). En síntesis, se puede suponer que en Kalasasaya por su índole de edificio público se concentraban multitudes, en oportunidades especiales, sea para celebrar festividades vinculadas a su calendario, ocasión para ceremonias y danzas rituales de grupos, aceptación de decisiones  políticas, presentación formal de autoridades e incluso hasta intercambios de ciertos productos. Allí habría desempeñado un rol protagónico el jefe de estado, cuya efigie encarnaba la estela antropomorfa.
Con anterioridad a la excavación,  se tomaron fotografías aéreas oblicuas y un plano con registro de curvas de nivel cada 25 centímetros Mediante un sistema de estacas se establecieron cuadrículas como unidades de excavación. En 1957-58 se excavó en el patio interior y se procedió a la apertura de 73 unidades que totalizaron 1825 metros cuadrados. En 1958 se excavó en el muro norte, con 25 unidades desde B-O a Z-O, 125 metros de longitud. En 1959 se excavó el muro sur, con 59 unidades, 145 metros de longitud y 10 de ancho, ciertamente el mejor conservado, porque el deslizamiento de tierra desde Akapana había sellado el paramento hasta la altura del terraplén, sobresaliendo del suelo tan sólo las porciones superiores o topes de los pilares. Esto indujo a algunos autores de antaño a creer que no existía muro corrido, sino sólo pilastras aisladas entre sí. Fue sensacional encontrar intactos los canales abiertos de desagüe perpendiculares al muro, que desembocaban en uno matriz. Un testimonio elocuente de un sistema de canalización para eliminar aguas pluviales. En 1960 se excavó el muro este, doce unidades, habiéndose encontrado una porción que carecía de pilares y tan sólo sillares. Al excavarse ulteriormente la otra mitad del muro, se encontró por detrás restos de un antiguo muro trabajado con bloques de arenisca roja, lo que demostraba que el muro este fue colocado sobrepuesto a un otro desatado y del que quedaron algunos restos, mejorando la fachada principal con pilares y sillares de andesita, lo que explica su mejor aspecto. También se localizó restos de una escalinata de acceso a un muro de refuerzo posterior, del que habían perdurado pocos rastros. En 1960 asimismo se excavó la pared denominada balconera o Chunchukala, flanqueada por dos escalinatas menores, vale decir  la que sobresale en el lienzo oeste, compuesta por pilares magníficamente esculpidos, una porción de los sillares que conformaban el paramento. Se descubrió que los indicados pilares reposaban sobre un zócalo de grandes bloques y no sobre un cimiento. También se determinó que el muro tenía una ligera inclinación hacia atrás, por un efecto de compensación óptica (29).
Merecen subrayarse dos descubrimientos importantes, entre otros, verificados en Kalasasaya. El detectar las épocas I y II antes desconocidas en estratos anteriores a la erección de Kalasasaya o sea pre-Kalasasaya, que posibilitaron localizar la etapa aldeana de Tiwanaku, mostrando una secuencia cultural coherente y un desarrollo cultural continuado (30). Asimismo, el descubrimiento, sensacional por cierto, de la estela que fue bautizada como Ponce, en mi homenaje, en la unidad de excavación H-13 del patio interior, el viernes 8 de noviembre de 1957.
Kherikala se encuentra inmediatamente al sur de Putuni. Codificado como 40630107. Su toponimia puede denotar significado equivalente a la piedra del fogón.  Constaba de un amplio patio central, por supuesto sin techumbre sino abierto, de 38 x 63 metros de planta. Este se hallaba precisamente delimitado por cuatro pilares esquineros, que exhibían en talla y bajorrelieve dos motivos cruciformes y pintada la superficie en color rojo con cinabrio, los que de seguro representaban la cuadripartición del territorio. En torno se había erigido cuatro cuerpos con doble pabellón de habitaciones de planta rectangular. Se puede calcular en 2087 metros cuadrados cubiertos la edificación. Las paredes dobles de adobe, con interior hueco que confería aislamiento térmico y en cierta manera conservaba el calor, aprovechado también como depósito de sus productos, artefactos, etc. Con el decurso del tiempo y el cultivo continuado por varias centurias luego del ocaso de Tiwanaku, ellas se han destruido por completo, quedando apenas una pequeña muestra de adobe intacto como excepción y el zócalo compuesto por filas de sillares que han perdurado. Las habitaciones fueron estrechas y alargadas, con un poco más de 5 metros de largo. Por tan angostas se puede conjeturar que se había utilizado para techo una falsa bóveda de avance de adobe, ya que no se ha encontrado indicios de techumbre con envigado y cubierta de paja.
Desde el punto de vista científico cobra verdadera trascendencia, porque demuestra con claridad la traza de un edificio netamente habitacional y que muy posiblemente hubiera sido antaño un palacio, por su ubicación en el núcleo de la antigua urbe de Tiwanaku. Las especulaciones en sentido que era un monasterio pecan de descabelladas por su falta de argumentación probatoria. Kherikala es un exponente de la diferenciación social existente y también de la presencia de un grupo gobernante que usufructuaba de edificaciones de magnitud palaciana.
La excavación fue efectuada desde enero a marzo de 1958, bajo mi dirección, según se registra en las notas de campo. Se la dividió en 147 unidades, desde A-1 hasta O-7, un área de 100 x 150 metros de superficie en guarismos redondos. Aproximadamente a 80 centímetros de profundidad se descubrió los restos del zócalo ya indicado. La estratificación comprendía la capa de humus, por supuesto conexa con la actividad agraria moderna del cultivo del terreno, debajo el escombro de adobe ya compacto y junto al zócalo el estrato ocupacional. Cabe agregar que se hallaron unos huecos rellenos profundos, donde se había depositado basura, cenizas, astillas de hueso, fragmentos de cerámica, al parecer un basurero para recoger desechos. Demostraba una práctica sanitaria, ya que no se desperdigaba al azar los desperdicios por doquier. Asimismo fueron frecuentes los hallazgos de ofrendas de ejemplares de cerámica que habían sido trizados intencionalmente y algunas cistas construidas con lajas.
En las fotografías aéreas previas a la excavación de Kherikala no aparecían vestigios muy ostensibles, sino leves, de la edificación subyacente. Es que entonces su porción noroeste estaba sometida a cultivo y hubo que comprar el predio a su poseedor para proceder a la excavación. El terreno mostraba una ligera depresión central con un desnivel de 1,72 metros tanto del este como del oeste. El declive menos pronunciado hacia el norte. Durante muchísimos años el suelo fue objeto de cultivo y el arado promovió la consiguiente remoción, que ciertamente afectó a lo que quedaba de las paredes de adobe, que sufrieron una última destrucción. Ponce Sanginés personalmente efectuó el relevamiento topográfico en diciembre de 1957, dando la parte más honda una altitud de 3840,19 m.s.n.m. y 3841,93 la más elevada. Ese desnivel se debió a que las paredes de adobe al derrumbarse y convertirse en tierra dieron lugar a mayor acumulación donde estaban primitivamente, disminuyendo el sedimento de modo paulatino a los costados (31).
Putuni, monumento emplazado al suroeste de Kalasasaya. La toponimia puede denotar tres significados, puesto que putu equivale en lengua aymara a fogón, cualquier cosa agujereada o edificio de bóveda, denominación esta última más admisible, para la empleada hoy en día para designarlo. Codificado como 40630104. Del mismo han perdurado fundamentalmente grandes bloques tallados en andesita, colocados en hileras a intervalos y de manera horizontal, los que dan una idea de la planta del edificio. Se deduce entonces que era un edificio en torno a un patio central rectangular, compuesto por cuatro cuerpos. El cuerpo oeste más ancho que los demás. Las piedras citadas conformaban una especie de zócalo sobre el cual reposaba pared de adobe. En consecuencia, la mayor porción del edificio habría sido trabajada con adobe y únicamente la portada y el zócalo con material lítico. Por supuesto el adobe ha desaparecido al colapsarse las paredes. No se puede inferir por evidencias directas cómo era el techo de Putuni. Se observa en el muro norte dos estrechas entradas con peldaños para acceder el zócalo. Sostengo que se trata de un zócalo de plataforma sobre el que descansaba la edificación. La portada principal, según puede inferirse de lo que resta de ella, era maciza, muestra las huellas de los bloques que la constituían sobre un solado y es posible una reconstrucción ideal de la misma, parecida a la principal de Kalasasaya, pero con tres vanos, uno principal y dos laterales que la flanquean, que quizá servían para la colocación de centinelas o guardianes (32). También poseía un sistema de canales de drenaje, con el más hondo a bastante profundidad. Se puede calcular la superficie edificada aproximadamente en 2117 metros cuadrados y en 3166 el espacio que ocupaba el patio. Pertenece a la fase urbana madura o IV de Tiwanaku, estado regional (33).
Se puede deducir que originalmente Putuni fue una edificación palaciana por encima del zócalo y no un mero terraplén, residencia del poder gobernante de Tiwanaku, cuya contrapartida sería Kantatayita, dentro de la división dualista imperante. Merece subrayarse que casi al centro del patio, se levantaba una estela antropomorfa, hoy mutilada de la cabeza y su base. Putuni fue excavado por Courty con una zanja central por el eje este-oeste. Localizó la entrada principal, más un pequeño solado delante de ella, el cual fue devastado, no así aquella. En el lado occidental descubrió un canal maestro subterráneo. Decenios después el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku excavó cuatro unidades de excavación cerca al punto donde se halló aquél y se vio que continuaba. En 1974-75 se excavó el patio interior y la parte externa del contorno, estando a cargo del arqueólogo Cordero Miranda el trabajo de campo, bajo mi dirección, para poner en claro el alineamiento de los bloques. Se pudo esclarecer que la estratificación a ambos lados y fuera se debía al desplome de lo que fueron las paredes de adobe de una edificación, material que con el decurso del tiempo se volvió a convertir en tierra compacta. Por fuera, de consiguiente, la estratificación se compone de humus moderno y debajo la capa de escombro de adobe. Con posterioridad, alumnos de la Universidad de Chicago en pos de conseguir datos para sus tesis de grado también han intervenido en Putuni. Sampeck niega que hubiera existido una estructura en Putuni, afirmando que fue meramente tan sólo una pequeña terraza de 120 centímetros de altura, circundada de muros poco elevados, pero habla con soltura de un contiguo Palacio de los cuartos multicolores (denominación que deja atónito al lector, pomposa denominación para un simple piso de 22 x 6 metros de área) al noroeste de aquél, aunque no brinda detalles sobre la configuración arquitectónica del mismo, admitiendo que existían palacios en Tiwanaku (34). En 1990 Janusek y Earnest admitieron que sus resultados al respecto no eran concluyentes   y que no pudieron determinar la función original (35). Sampeck y Earnest sostuvieron que sólo era un área de élite (36). En contraposición, Escalante ha afirmado "es posible que hayan existido edificaciones habitacionales levantadas en barro encima de la estructura" (37). Este autor y Portugal exploraron una cámara cuadrangular, ya saqueada en el sector noroeste, señalando que pudieron haber mausoleos de inhumados junto al muro interior. Esto no debe causar extrañeza porque en el período prehispánico era frecuente inhumar a personas en las propias edificaciones.
Akapana, codificado como 40630105, constituye el volumen más relevante de Tiwanaku, de mayor elevación por cierto. Según Paredes su denominación original era Apakhana, que significa que lleva la luz en aymara y según Elorrieta en kechwa denota celajes al amanecer (38). Originalmente una pirámide escalonada, que a consecuencia del proceso de erosión y las excavaciones en búsqueda de tesoros durante la colonia española sufrió el desmoronamiento de los muros de contención superiores y el deslizamiento de material consiguiente. Quedó con el aspecto de una colina, que inclusive algunos autores la supusieron natural. Las fotografías aéreas muestran claramente que se halla circundada por el sedimento que quedó como consecuencia de ese colapsamiento, de un tono claro en dichas vistas. Se trata de una pirámide escalonada, con siete terrazas, con cada una de ellas sostenida por un muro de contención. Su acceso mediante una escalinata por el lado oeste. En el tope existían construcciones de tipo habitacional. Pero también hoy se advierte un alineamiento de pilares líticos, correspondiente a alguna edificación mayor, en sentido E-O, que ha desaparecido por la depredación ocasionada por los buscadores de tesoros en el período colonial hispánico. Al parecer hubo otra edificación grande en el oeste del tope con rumbo N-S. Escalante ofrece como definitivas las medidas de 182,40 metros de ancho máximo de N-S y 194,40 metros de largo máximo. Como su planta a su vez es de tres cuerpos escalonados, el primero de 182,40 x 86,40; el segundo de 139 x 54; el tercero de 54 x 96 metros respectivamente. De alto le otorga 18 metros, cifra que hubiera que confirmar, ya que comprendería hasta la cubierta de las construcciones superiores. Akapana antaño disponía de una red de canales subterráneos de sección rectangular, para evacuar el agua de la meseta plana en que culminaba la pirámide, así como de las terrazas, de la cual hasta ahora se han desenterrado apenas tres tramos. Akapana fue erigida en la época III, que sin duda demandó una fuerte concentración de esfuerzos, con modificaciones ulteriores en la IV. Eso explicaría algunas diferencias en los paramentos murarios. Akapana, por tratarse precisamente del volumen dominante, marcaba el centro de la ciudad de Tiwanaku y del mundo conocido entonces. Según el testimonio etnohistórico se había erigido una estela en ese punto fundamental.  Muy probablemente la cabeza magna de una estela antropomorfa grande, ejemplar undécimo en el listado pertinente. corresponda a la testa de aquélla. Desde allí se desprendían dos ejes imaginarios, uno de este a oeste siguiendo el curso del sol en los equinoccios y otro de norte a sur. De aquí nacía la división cuadripartita de acuerdo a las cuatro regiones del territorio, o sea el Pusisuyu. Akapana se concebía simultáneamente como la montaña sagrada, que vinculaba el plano terrenal con el celestial, allí donde moraban los arquetipos y patronos (39). Se infiere nítidamente que era el templo mayor, o sea un edificio sagrado, donde también hubiera estado el observatorio astronómico tan primordial en el pensamiento tiwanacota, acaso situado en la estructura superior desaparecida. Pero también allí habría residido la cúpula del sacerdocio, que tenía a su cargo la religión oficial.
Las excavaciones practicadas en Akapana han permitido identificar sus características arquitectónicas. Los segmentos descubiertos del muro 1 demuestran que se halla integrado por pilastras de arenisca roja plantadas a intervalos regulares con cuatro hiladas de sillares entre ellos, aparejo al parecer de asta y tizón, rematado por un antepecho de losas. A continuación una terraza de 6 metros de ancho, de la que nace el muro 2 compuesto por un muro corrido de 7 hiladas de sillares de menor tamaño que en el caso anteriormente descrito, sobre el que descansa otra hilera de antepecho y por último un remate de  sistema de pilastras con sillares de mayor tamaño en el espacio que mediaba entre éstas, en franca imitación del muro 1, pero quizá simplemente como adorno y con su función primordial. Un detalle muy sugestivo fue el hallazgo de contrafuertes adosados a la pared, que servían de refuerzo, así como sillares salientes del paramento que se colocaron como recurso estético para quebrar la monotonía y uniformidad del muro. Desde hace cuatro centurias, Akapana fue víctima del vandalismo ejercido por españoles ávidos de encontrar supuestos tesoros áureos y que por sus dimensiones no podía pasar desapercibida hicieron calas de magnitud, aunque por la información disponible no tuvieron éxito. Se sabe que Juan de Vargas, con posterioridad a 1548, vecino fundador de la ciudad de La Paz y alcalde de ella con ulterioridad hizo excavaciones en pos de su ambición, pero sin satisfacer sus anhelos. A fines del siglo XVIII, un minero vasco de apellido Oyaldeburu, fue quien practicó la oquedad en Akapana, destruyendo su tope y extrayendo la tierra hacia el lado este, donde se encuentra hasta el presente (40). Courty, un geólogo entrometido en investigaciones arqueológicas, puso en claro un pedazo del muro 2 en la esquina sureste, que luego volvió a cubrirse por tierra. En 1976, el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku y gracias a la interpretación de fotografías aéreas, se hizo una excavación piloto de 28 metros de largo del lado este, con resultados satisfactorios (41).  En 1988-89 el Seminario de excavaciones, exhumó la esquina noroeste y algunas edificaciones en el tope de la pirámide (42).
Pumapunku, desde el punto de vista toponomástico  -vale decir del estudio y análisis del nombre de lugar-  significa Portada del puma (mamífero carnicero de la familia de los félidos) y muy posiblemente perduró la denominación a través del tiempo. Codificado como 40630109. Sin duda uno de los edificios más admirables que legó la cultura tiwanacota. Ocupa la cuadrícula 343693 de la hoja 5844-II de la carta nacional de Bolivia. A 68º40'40" de longitud oeste y 16º33'30" de latitud sur. Pumapunku se yergue en la porción suroeste del área arqueológica. Separado por un trecho casi de 900 metros al SO del centro de la pirámide de Akapana. No obstante su apariencia de colina achatada, por las fotografías aéreas se advertía un rectángulo que indicaba que se trataba del resto de una edificación y no de una eminencia natural. Sin duda, lo más notable que ostenta radica en que en su lado oriental posee una plataforma lítica ciclópea, que afecta la forma de un paralelogramo, elevada a 1,60 metros sobre el suelo circundante, con un ancho de 6,75 metros de este a oeste.  Compuesta por un conjunto de macizos bloques líticos, originalmente ensamblados por grapas de cobre arsenical, que constituye un solado o sea un piso, con cuatro segmentos principales y dos porciones intermedias. A una distancia de 6,80 metros resalta un alineamiento de varios bloques esculpidos, algunos de los cuales serían pilastras de una pared. Al parecer ella es el resto de una edificación, un pabellón, cuya techumbre tuvo un alero de losas, en las cuales se esculpió la imitación de tallos de totora, vale decir con ornamentación eskeiomórfica. Han perdurado también porciones de cinco portadas líticas, talladas todas en andesita, que no se han conservado enteras sino fragmentadas. Cuenta también con un terraplén, que estuvo sostenido por un muro de contención. El muro 1, que en realidad viene a ser un zócalo intacto de sillares esculpidos a la perfección y muy bien unidos, con tres rebajes escalonados en su arista superior, vale decir un estereóbato, o sea un macizo corrido en el léxico de los arquitectos, con un alto de 1,02 metros, relativamente bajo. A continuación una terraza de aproximadamente 2,30 metros de ancho y luego el segundo muro, conformado por sillares regulares. Suelen haber contrafuertes en éste. Hay diferencias de paramento y aparejo murario. Un detalle particular de la primera terraza estriba en que no toda ella se hallaba embaldosada con solado de piedra, sino la parte trasera cubierta por piso de mortero compactado. La segunda terraza alcanza a 1,53 metros de ancho. Hubo probablemente una tercera terraza, hoy desaparecida. También se identificó un pedazo de piso en la parte superior de arcilla de color rojo. La cerámica correspondiente a la época IV de Tiwanaku arrojó un porcentaje del 67,42 y de la III un 2,25, lo que indica que su construcción se inició en ésta y su máximo uso en la fase urbana madura. También se halló tiestos de data inkaica y colonial hispánica, hecho que sugiere que hubo un posterior asentamiento por ahí en dichos períodos. Escalante brinda como medidas definitivas de Pumapunku, 210 metros de ancho máximo, contando las aletas laterales; 154,8 sin ellas; 122,40 de largo. Personalmente había calculado en base a las fotografías aéreas 150 x 120 metros en guarismos redondos, estimación anterior a la excavación, muy aproximada por cierto (43). En el centro de su patio interior estaba la estela antropomorfa (44).
Pumapunku es funcionalmente un edificio terraplenado, no una pirámide y dentro de la concepción dualista sería correspondiente a la mitad sur de la urbe tiwanacota. Cabe enunciar que se divisa una correlación direccional desde la esquina suroeste de Kalasasaya al punto medianero de la plataforma lítica de Pumapunku, en sentido SO-NE, que brinda un ángulo de 45º del norte geográfico, lo que da pauta para esclarecer que en Tiwanaku existía una orientación astronómica en las construcciones y un eje axial E-O que separaba en dos mitades o parcialidades la urbe prehispánica, vale decir una concepción dualista, de la cual han pervivido resabios en el actual cantón. Pumapunku por sus dimensiones pudo concentrar multitud de gente, en festividades y otras ocasiones especiales. Como se ha encontrado allí estatuas líticas que representan al arquetipo del guerrero ataviado con máscara felínica (chachapuma), que porta cabeza trofeo y sus armas respectivas, así por la toponimia que parecería prístina, se colegiría que allí también se congregaba la orden de los caballeros pumas, una organización de guerreros, tal vez oficiales del ejército tiwanacota. Una construcción cívica, ceremonial y administrativa, posiblemente dedicada a la luna y al sagrado felino celestial.
Ponce Sanginés en 1971 publicó un voluminoso libro donde examinaba toda la información por cuidadosa prospección y señalaba las pautas para la respectiva excavación arqueológica (44). El proyecto se incluyó en el plan operativo del Instituto nacional de arqueología y comprendió dos temporadas, en 1977 y 1978, con 110 días trabajados en éste y 45 en aquél. Fue dirigido por Ponce Sanginés y Cordero Miranda asumió la tarea de campo. La excavación se realizó paralelamente a 116,20 metros lineales del lienzo sur, 27,80 de la prolongación lateral sureste y 21,30 del lado oeste, a partir de la esquina suroeste del edificio. Las expectativas iniciales se vieron sobremanera colmadas. Con posterioridad, en 1989 de mayo a julio, estando de director de dicho instituto Carlos Urquizo Sossa, se prosiguió la tarea, completando poner en claro el perímetro murario, con participación de Juan Faldín, Max Portugal, Oswaldo Rivera, Javier Escalante, Leocadio Ticlla y José Estévez. Como descubrimientos remarcables se puede mencionar la escalinata de acceso en el lado oeste y el canal de desagüe en el ángulo noroeste (45). Merece subrayarse el haber detectado un hormigón consistente en cantos rodados de cuarcita introducidas en un aglomerante de barro apisonado y compacto de extraordinaria solidez. 
Kantatayita, sin duda un edificio, se encuentra ubicado hacia el este del Templete semisubterráneo. Su sentido toponomástico significaría excavado al amanecer (=kantatallita en lengua aymara). Codificado como 40630101. Aunque no se ha excavado allí, por los indicios se puede inferir que era una construcción similar a Putuni, vale decir dotada de un zócalo de bloques líticos y que poseía paredes de adobe, desplomadas y desaparecidas. En su patio yace una maqueta de un monumento, bastante descrita por cierto. Ahora bien, en septiembre de 1976 en las proximidades de una esquina de Kantatayita, circunstancialmente al colocarse un cartel con el nombre del sitio, se topó de forma casual con un dintel arqueado, con seis figuras esculpidas en el friso, parecidas a aquellas de la Puerta del sol, aunque muy deterioradas, dañadas intencionalmente durante las pesquisas de idolatrías realizadas durante la colonia (46).
Lakkakollu, que ostenta la apariencia de un montículo ahora, cuyo topónimo equivale en lengua aymara a colina de tierra, está situado al noroeste de Kalasasaya. Codificado como 40630108. Se trata de un montículo que tiene aproximadamente 63 metros de longitud, 43 de ancho y 4,39 de altura, con su tope a 3846,55 m.s.n.m., en el cual se excavaron tres zanjas estratigráficas exploratorias practicadas de sur a norte, realizadas por el Centro de investigaciones arqueológicas en Tiwanaku, bajo mi dirección, que permitieron descubrir que estaba circundado por un grueso muro de piedra, que operaba de contención y otro más arriba en forma escalonada y que en su parte superior habría sido coronado por un edificio de adobe desplomado. Se pudo detectar además que se hallaba conectado por un muro con la esquina noroeste de Kalasasaya. Pertenece a la fase urbana madura de Tiwanaku o época IV, etapa del estado regional (47). Entre éste y la esquina NO de Kalasasaya se descubrieron unas pequeñas habitaciones a principio de siglo, los muros de adobe y el interior con revestimiento de sillares líticos (48).
Lakkaraña es un sitio ubicado al norte del área arqueológica protegida y cercana a la carretera actual. Según Bertonio lakka es la tierra menuda que está en el suelo (49). Se localizó allí un muro de contención, una estructura de planta circular y el zócalo de una casa-habitación de planta rectangular. Escalante excavó 228 metros cuadrados allí en las temporadas de 1990-92 y Portugal Ortiz en un sondeo próximo allí descubrió un remanente de pintura mural, asociado al parecer con cerámica de la época I, hallazgo muy similar al que se hizo en las excavaciones del patio interior de Kalasasaya (50).
Mollokontu tiene ahora la apariencia de un montículo hacia el sur de Akapana, donde por sondeos del CIAT, se evidenciaba que hubiera sido un cementerio. La toponimia deriva de mullu equivalente a piedra o hueso colorado, conforme consigna Bertonio en su vocabulario y kotu a montoncillo de cualquier cosa, ahora pronunciado como kontu (51). Con posterioridad en la década del 90, el alumno de la Universidad de Chicago, Couture, practicó excavaciones allí, desconociéndose los resultados.
Chijijawira, aproximadamente a 1,5 kilómetros al este de Akapana, comprende dos montículos, de donde no se han descritos restos arquitectónicos, sino fundamentalmente hallazgos cerámicos (52). De momento es difícil evaluar los sondeos efectuados allí.
Lógicamente la antigua ciudad de Tiwanaku comprende amplia área y todavía permanecen muchas edificaciones sin excavar y con vestigios poco perceptibles en el suelo. Muchos, empero, son detectables por las fotografías aéreas.
 
4. Secuencia cultural
 
El establecimiento de la secuencia cultural para Tiwanaku ha obedecido a todo un proceso de investigación científica, desde sus inicios todavía germinales hasta su plena formulación. Los viajeros del siglo XIX intuyeron de manera  vaga que esos monumentos eran anteriores al Inkanato. Para ejemplificar, el francés Castelnau en 1851 afirmaba: "La splendeur de Tiwanaku appartient à une époque très antérieure à l'apparition des inkas" (53). La traducción reza: "El esplendor de Tiwanaku pertenece a una época muy anterior a la aparición de los inkas" (54). Concomitantemente su compatriota Nadaillac en 1883 señalaba: "C'est à Tiwanaku que se trouvait le siège de la civilisation à la fois la plus ancienne et la plus brillante de l'Amérique du Sud" (55). Vertida la frase al castellano: "Es en Tiwanaku que se encontraba la sede de la civilización a la vez la más antigua y la más brillante de la América del Sur" (56). Sin embargo, no se profundizó en el tema. Quedaba nimbado con un halo enigmático. Todavía en 1920 el historiador Camacho trasuntaba tal posición, de tónica hasta escéptica, con las siguientes expresiones: "Ni estas leyendas, ni la arqueología, ni ninguno de los medios de investigación y dilucidación de que el espíritu humano puede servirse, permiten todavía vislumbrar la verdad sobre los orígenes de Tiwanaku. El misterio sigue impenetrable" (57). Se equivocó al acuñar tal enunciado.
El germano Uhle,  uno de los pioneros de la arqueología andina, no avanzó mucho más lejos, globalizando a Tiwanaku en un sólo período. Textualmente anotó en 1892 en su grueso libro que "las ruinas de Tiwanaku, consideradas en su conjunto se remontan a una sola época y aún las obras, consideradas en detalle, indican tener la misma edad" (58). Sostuvo tal criterio desde entonces hasta la década de 1940, conceptuando siempre a Tiwanaku como un todo, con dilatado territorio, si bien ulterior -según su entender- a las culturas de la costa peruana, admitiendo una disgregación tras su fin (59). Empero, en 1943, viró en redondo y se sumó al coro de Bennett, aceptando la secuencia cultural tripartita prohijada por éste (60).
Posnansky, austríaco nacionalizado boliviano, se aproximó al tema con un confuso esquema, enmarcado por alud de elucubraciones fantasiosas y que pecan de infundadas. En  1911 emitió una secuencia bipartita, con una época primaria, antiquísima y en pleno cuaternario,  donde los habitantes se refugiaban en viviendas subterráneas y que correspondían a una agrupación de cavernícolas, aserción que linda con  lo ridículo (61). Su época segunda se caracterizaría por la invasión de un pueblo de lengua aymara, al cual atribuye las esmeradas construcciones líticas. En su obra de 1945 modificó el perfil, agregando un tercer período, con florecimiento cultural, que terminaría abruptamente por la erupción de un volcán, consiguiente movimiento sísmico e inundación por desbordamiento de las aguas lacustres que arrasaron con todo (62). Posnansky fue adepto del catastrofismo, descartado por la geología, ya que no hay rastros de actividad volcánica reciente en el altiplano (63).
El estadounidense Bennett, quien efectuó excavaciones en pequeña escala en Tiwanaku del 15 de junio al 10 de julio de 1932, en su informe publicado dos años más tarde, prohijó a su vez una periodificación  tripartita de la alfarería, con tres épocas, antigua o temprana, clásica y decadente, apoyada  en las diferencias estilísticas y de morfología de las vasijas y parcialmente sustentada en la estratificación (64).  Es discutible su aseveración en sentido  que no se evidencia concatenación directa entre la antigua y clásica. Igualmente su identificación de la decadente como mera  degeneración de la clásica, que se tipificaría en lo que concierne a la decoración pintada como simplificación y en el empleo aislado de parte de las figuras predominantes en aquélla. En el caso específico del motivo felínico presentando tan sólo  la cabeza o la fisonomía y no así la totalidad, tornándose más sencillo y por ende menos complejo. Luego anotó como indicador el predominio de los diseños geométricos, en especial  escalonados, dobles S, etc. En cuanto a la manufactura por el  trabajo de menor calidad. El calificativo decadente se muestra impropio, denota una idea organicista del desarrollo cultural, ya que en realidad tal alfarería tiene manufactura menos esmerada por los requerimientos de producción en mayor escala (65). Reconoció taxativamente que no logró identificar una asociación de su secuencia cerámica con las estructuras arquitectónicas tiwanacotas, indudable error



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porque Bennett excavó con el criterio que se encontraba en un antiguo basural y no en medio de restos de edificios de una ciudad prehispánica. En 1949 con la intención de sistematizar, auspició el término de horizonte, definido por un conjunto coetáneo de elementos estilísticos o una peculiaridad técnica de la alfarería. Incluyó a Tiwanaku como uno de los seis existentes en los Andes centrales, considerándolo como panandino y de expansión militarista (66).
En 1957 el estadounidense Wallace rebautizó como Keya (otra grafía Qeya) para designar a la cerámica calificada  antigua por Bennett, asignando como denominación la toponimia de un sitio de la isla del Sol en el lago Titikaka (67). Un desacierto porque induce a suponer que fue manufacturada allí y transportada a Tiwanaku, por lo cual la propuesta debe ser rechazada. Se mantuvo en lo demás en la división formulada por Bennett. Un enfoque puramente tipológico y unilineal, que ha sido abandonado por la indagación



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El concepto de horizonte implica sustancialmente que el proceso de cambio cultural o artístico se desenvolvió, tanto en sus inicios como en su terminación bruscamente y extendiéndose en forma horizontal. Su debilidad argumental estriba en que implícitamente conlleva la noción catastrofista, como si a la conclusión de cada horizonte se extinguiera todo de modo abrupto y comenzara  todo de la nada. Y eso no sucede en el mecanismo de cambio, las formas precedentes se traslapan con

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las nuevas en una trama y éstas van siendo adoptadas paulatinamente. Lo correcto sería colocar en un gráfico la línea de separación como inclinada y diagonal y no como horizontal. La innovación se esparce desde un punto central y a partir de allí se difunde, con más rapidez en las cercanías y con mayor tardanza en las zonas marginales. Por añadidura, la adopción de un sólo elemento como indicador,  como acontece con la cerámica, conduce a  asirse a algo unilateral, desechando los demás, configurando por tanto una visión incompleta.
Una periodificación con su respectiva cronología relativa debe captar el desarrollo cultural, determinando las diversas etapas de su trayectoria, tomando en cuenta los sistemas pertinentes, como el tecnológico, el económico, el social, el político y la cosmovisión, procurando reconstruirlo idealmente e identificando los cambios que experimentó en el curso del tiempo. Depende, por supuesto, de la información disponible recogida a través de la investigación científica y con la metodología más refinada. Dentro de esa perspectiva he trazado la secuencia cultural para Tiwanaku, que ha sido aceptada en los círculos científicos especializados y que ha demostrado su coherencia y validez, porque no ha sido sustituida por otra.
Se sustenta la misma en la estratificación detectada en el terraplén del edificio público de Kalasasaya, que fue ubicada en las 73 unidades de excavación fijadas, que abarcaban 1825 metros cuadrados en planta  y con registro tridimensional. Se pudo comprobar que aquélla se ajustaba a una superposición en que las capas más profundas  correspondían a una etapa anterior a la construcción del aludido edificio, vale decir, la más antigua. Por encima de ella, el grueso estrato del terraplén sostenido por los muros de contención y el piso. Sobreponíendose al piso, las capas posteriores al abandono de Kalasasaya, o sea postiwanacota. La composición estratigráfica era similar en todas las unidades excavadas y por tanto no tenía nada de heterogénea, sino uniforme. No se trataba de un basural donde se había depositado desechos de la vida diaria, sino de un relleno uniforme para erigir el piso de una edificación que excedía los dos metros de altura sobre el suelo circundante. Por tanto, era excelente tanto para documentar la sucesión de estratos como para establecer una secuencia cultural.


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Se confirmó que el estrato ((8)), o sea el fondo, era estéril y anterior al establecimiento humano. Enseguida se superponía el ((7)), de tono grisáceo, con carbón y ceniza, netamente habitacional, donde se encontró restos de casas y calzadas, también tumbas, cerámica de la unidad Kalasasaya, con la consiguiente asociación de estrechas calzadas, cimientos de habitaciones de planta rectangular, a veces con otras de planta circular, tumbas en hueco, conformando el contexto de la época I. Por encima de éste una capa estéril limosa ((6)). Reposando sobre ella el estrato ((5)), con fuertes lentes de carbón y tiestos de alfarería con antiplástico micáceo, característico de la época II. Luego se encontró un gruesísimo estrato ((4)), que correspondía a la plataforma del edificio, tierra homogénea, seleccionada y compacta, llevada a propósito de algún otro lugar para proceder al terraplenado,  que contenía tiestos y cistas propios de la época III. Se deduce, por consiguiente, que el referido templo había sido construido entonces. Cubría a éste el piso ((3)) del templo, de tono blancuzco, correspondiente a la época IV. Las capas ((1)) de humus moderno y ((2)) también con contenido orgánico, demostraban que se cultivó allí con posterioridad al abandono del edificio (68).
Tras el recuento de resultados de ésta y otras excavaciones se esclareció para Tiwanaku una periodificación de cinco épocas. La I correlacionada con el estrato ((7)), que puso en descubierto los restos de un asentamiento humano compuesto de fundamentos de chozas unihabitacionales de planta rectangular, a veces adosadas de estructuras circulares, que poseían paredes de adobe, revestidas con aplanado de barro y pintura mural en el paramento. Con estrechas calzadas para interconectarlas. En fin, un caserío con un modo de vida aldeano. Con conocimiento de metalurgia del cobre, oro y plata. Cerámica decorada en rojo claro sobre fondo castaño amarillento por lo general. Economía basada en la agricultura y como herramienta principal la azada de hoja de hialobasalto grisáceo. La II, de la cual se dispone de menos datos, dado lo delgado del  estrato ((5)), pero con rasgos muy parecidos a la precedente y predominancia de una alfarería de pasta muy micácea en el rubro funcional utilitario. En lo tocante a la III, conexa con el estrato ((4)), se nota que se superponía a la anterior y que se erigió por encima la construcción de Kalasasaya, de gigantescas dimensiones. En la misma época se habrían levantado las grandes edificaciones tiwanacotas. En arquitectura se utilizó el aparejo murario de pilares con tramos intermedios de sillares labrados, la orientación astronómica de las esquinas, con énfasis en lo mayestático. La época IV en Kalasasaya, vinculada al estrato ((3)), está representada por un embellecimiento, con el ciclópeo lado oeste, impresionante por su monumentalidad y esmerada talla lítica, uso de la roca andesita como material de lujo, de una red de canales de drenaje de aguas pluviales, construcción de palacios con zócalo de bloques de piedra y paredes de adobe, etc. Por último, la época V, que significa la culminación de todo un proceso de desarrollo, enfatiza el impulso de expansión territorial con todas sus implicaciones y una producción en gran escala de artículos para cubrir los requerimientos.
Ahora bien, para deslindar el proceso de desarrollo de Tiwanaku he identificado la presencia de tres estadios, que permiten trazar la trayectoria de su desenvolvimiento,

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considerando en el diagnóstico varios factores y no sólo uno, unilateral, el elemento cerámico. Debe entenderse como estadio un momento dado y específico de desarrollo, que incluye los varios sistemas que aglutina una cultura, vale decir el económico, social, político, tecnológico, que se distingue del que le precede y del que le sucede.
Para Tiwanaku, el primer estadio, se caracteriza por el patrón habitacional aldeano, economía autosubsistencial basada en la agricultura de cultivos andinos, ausencia de clases sociales, formas políticas preestatales. Tecnología con fundición de cobre, cerámica artística denominada Kalasasaya, asociada a una utilitaria pulida tosca micácea.

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Hacia el final de dicho estadio se habría operado una fase de transición de lo aldeano a lo estatal. El segundo estadio se divide en dos fases, la primera caracterizada por el estado local, por su territorio todavía restringido y por el urbanismo temprano. La aparición del estado conduce a la implantación de un sistema administrativo, de una autoridad ejecutiva centralizada, de una burocracia especializada y de un sistema compulsivo con un ejército organizado. División de clases sociales, con la campesina en la base, la artesana como media y la élite gobernante aristocrática en la cúspide, que manejaba el poder. Excedente económico a través de tributación, fundamentalmente en trabajo y productos, para sostener el aparato estatal. Una voluntad de poder reflejada en las grandes construcciones administrativas y templarias. Planificación urbana, con un trazado acomodado a la concepción dualista en dos mitades. Transformación en la propiedad de la tierra, en que una apreciable proporción pasaba a control estatal. En cuanto a tecnología, predominante la cerámica denominada temprana, policroma, con pintura de motivos felínicos y geométricos. Como material lítico, empleo de la arenisca roja, roca de índole local.  La segunda fase corresponde al estado regional, con el comienzo de una expansión a través de enclaves. El sistema político alcanzó su madurez y


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la expresión artística   su perfección, por lo cual se la califica de clásica, en especial en cuanto atañe a  escultura lítica y cerámica. En cuanto a arquitectura se erige palacios, destinados al núcleo gobernante y se embellece las construcciones anteriores. Planeamiento de obras públicas. Ampliación del comercio.  Utilización de la andesita como material constructivo. Distinción entre asentamientos urbanos y rurales. En lo tecnológico, metalurgia del cobre arsenical, que de suyo es duro. El tercer estadio es el imperial, con la consiguiente expansión territorial en vasta escala, hasta transformarse en estado universal panandino. Como imperio se convierte en estado plurilingüe y multiétnico. Los frutos de la penetración no fueron iguales en todas las regiones, no puramente por acción militarista de conquista, sino también por medios pacíficos de convencimiento, imbuida por una filosofía de integración de los múltiples pisos ecológicos. El descubrimiento tecnológico del bronce permitió una superioridad bélica indiscutible. A fines del siglo XII de nuestra era se colapsó, por la crisis política aunada a deficientes cosechas, desagregándose en señoríos regionales (69).
Salta a la vista que la periodificación expuesta por mí difiere en aquella propiciada por Bennett, especialmente en cuanto a su amplitud se refiere. Por eso la tentativa de pretender acoplarla a ésta, como pretende Janusek, no deja de ser  una manipulación (70).
 
5. Cronología absoluta y datación radiocarbónica
 
Una secuencia cultural señala la superposición de épocas y fases de un sitio dado, pero para otorgarle profundidad temporal se requiere de cronología absoluta, o sea el fechado en años de antigüedad, relacionado con nuestra era. Para Tiwanaku se ha utilizado el método de datación radiocarbónica como principal y los resultados obtenidos se han mostrado fructíferos.
No falta quien hubiera anhelado poseer la máquina del tiempo imaginaria de H.G. Wells para trasladarse sin dificultad al pasado y revelarlo. Infortunadamente, la pretensión es imposible. Sin embargo, se ha logrado mediante la geocronometría, la ciencia de la datación, estructurar cronologías absolutas, de materiales arqueológicos. Contribución eficaz al respecto ha aportado el doctor Willard Frank Libby a tal disciplina, con el descubrimiento del método del carbono 14, isótopo radiactivo, que llevó a cabo entre 1946-49 y que significó un paso importantísimo en la arqueología, en especial para la región andina, quien fue distinguido con el premio Nobel de química en 1960 (71). La aparición de la primera edición de su libro en 1952 y la segunda en 1955, así como la versión castellana en 1970 pusieron de relieve su aporte. Libby presentó fechados de muestras peruanas, pero no así de Bolivia (72).
Después el énfasis se concentró en el mejoramiento del instrumental de conteo de las desintegraciones, lo que conllevó a una más precisa técnica de laboratorio (73). Con posterioridad se encaminó la indagación al  perfeccionamiento de la datación y a su comparación con otros métodos, que ha resultado muy útil porque sirvió para demostrar que el carbono 14 es válido en arqueología.  Las dataciones iniciales se basaron en la vida media del citado isótopo de 5568±30 años, pero con posterioridad se oficializó el valor 5730±40, que parece más admisible, debiéndose multiplicar entonces el resultado de aquéllas por el exponente 1,03, que deriva empero a un incremento mínimo de antigüedad (74). Se correlacionó luego los fechados obtenidos con los dendrocronológicos y se obtuvo la tabla de corrección pertinente. Se observa en ella que la diferencia para el intervalo 0-1100 de nuestra era en media aritmética denota 59 años y del 0-1000 a.n.e. implica 70 años, que no modifica sustancialmente sino en manera mínima la datación conseguida en laboratorio (75). Cabe agregar que cada fechado se halla sujeto a la desviación típica o estándar, de manera que se sabe que con una desviación (1 sigma) de la media, el 68 por ciento se encuentra a cada lado negativo o positivo, o sea dentro de esa confiabilidad y que con dos alcanza al 95%. Vale decir que con una desviación, existen dos probabilidades en tres que la datación se encuentre dentro del rango indicado (76).
En 1961 en el Encuentro arqueológico internacional, celebrado en Arica del 25 al 30 de septiembre de 1961, presenté el primer informe titulado Breve comentario acerca de las fechas radiocarbónicas de Bolivia, basado en los resultados de 33 muestras orgánicas recogidas de sitios prehispánicos de Bolivia, de ellas 13 procedentes de Tiwanaku (77). Para 1976 se amplió a 27 de Tiwanaku, a las que se suman 6 de localidades vinculadas a su cultura (78). De esa manera pude yo presentar una cronología absoluta admisible (79). En la recolección de las muestras orgánicas se adoptó las precauciones aconsejables para evitar la contaminación.
Para fines de mostrar la trayectoria cronológica de Tiwanaku, se enumeran a continuación los fechados más significativos, empezando por los de mayor antigüedad.  El FRB-44 (abreviación de fechado radiocarbónico boliviano) arrojó 1580±120 a.n.e., proveniente de la muestra extraída del estrato ((6)) de la unidad de excavación K-16 del patio interior de Kalasasaya, a una profundidad de -328 centímetros y correspondiente a la época I (80). Esta es la fecha más antigua conseguida hasta ahora para Tiwanaku y se puede suponer que representa al comienzo del asentamiento humano sedentario allí, vale decir al estadio aldeano  Cabe aclarar que no se puede descartarla aduciendo contaminación, puesto que en este caso se habría modernizado y no tornado vetusta. Por otra parte, la datación de hidratación de obsidiana brindó paralelamente las muestras 351 y 179 de aproximada edad, lo que contribuye a hacer fehaciente la aquí comentada (81).
La continuidad cultural en el estadio aldeano se documenta con las dos siguientes fechas: FRB-51 ambas de muestras tomadas en el patio interior de Kalasasaya, unidades de excavación E-14 y F-14, estrato ((6)) y -270 y -255 de profundidad, que brindaron 580±200 y 450±200 a.n.e. (82). Se demuestra así que Tiwanaku como un simple caserío continuó por mucho tiempo.
La época II o de transición hacia la configuración del estado estaría representada por los fechados radiocarbónicos 28 y 52, obtenidos de muestras extraídas de las unidades de excavación F-15 y K-12 de Kalasasaya, estrato ((4)) a -240 y -237 de profundidad, que dieron 150±200 a.n.e. y 0±150 d.n.e. (83). En ese lapso se habrían operado importantes medidas de cambio como el avance al urbanismo y la instauración de la institucionalización política en Tiwanaku.
Para la época III se posee dos fechas importantes, FRB-6 con 133±103 d.n.e., que con la desviación 1 sigma se remontaría a principios de la era cristiana, lo que concordaría con el cierre de la segunda época. Un momento de modificación de estructuras sociales, políticas, urbanísticas, etc. de Tiwanaku. En cuanto a FRB-8 con 374±104 d.n.e. marcaría el cierre de la época III y el advenimiento de la siguiente (84).
Para la época IV, o sea la correspondiente final del estado regional, se dispondría del FRB-3 con 724±100 d.n.e. (85). Existe  concordancia entre los estudiosos para asignar a los primeros decenios del siglo VIII para identificar el momento de expansión territorial desde la configuración regional a la imperial.
El estadio imperial habría durado hasta el 1172±133 d.n.e., según FRB-41 (86). La muestra se la obtuvo del piso de la unidad de excavación F-8 de Kalasasaya. Se cuenta asimismo con el FRB-57 que brindó 1170±150 d.n.e., de muestra extraída de la unidad de excavación K-10 del palacio de Kherikala (87).  Devienen de un momento postrero de ocupación de ambos edificios. Vale decir, el estadio imperial duró  casi cuatro centurias y media, en que en esa fecha habría sufrido la crisis  política y ambiental que a la postre derivó en la disgregación del imperio de múltiples señoríos regionales. Existen numerosos fechados de dicho estadio, que se colocan dentro de tal lapso temporal.
En resumen, de acuerdo a la cronología radiocarbónica, se contaría para la época I de 1580-150 a.n.e.; para la II de 150 a.n.e.-133 d.n.e.; para la III de 133-374 d.n.e.; para la IV de 374-724 d.n.e.-; para la V de 724-1172 d.n.e. Se advierte una notoria coincidencia con la cronología histórica, expuesta en el capítulo pertinente: Primer ciclo de 170 a.n.e.-165 d.n.e.; segundo ciclo de 165-333 d.n.e.; tercer ciclo de 333-640 d.n.e.; cuarto ciclo de 640-1187 d.n.e. En ésta no figura la larga etapa aldeana, sino se correlacionaría a partir de la época II, la cual es una transición de la forma prestatal a la estatal.
 Pero también, se observa concordancia con la datación efectuada por hidratación de obsidiana, donde de 56 muestras de Tiwanaku, cubren un amplio rango muy similar a las radiocarbónicas, desde  1270 a.n.e. hasta el 1170 d.n.e. Esta última concuerda perfectamente para el final del estado tiwanacota.  Representan su trayectoria desde el principio hasta el ocaso de esa cultura, lo que no puede ser fruto de la casualidad en modo alguno, sino un indicador de concordancia en el tiempo de su desarrollo (88).
 
Notas
 
1. Lizárraga 1909, p. 542.
2. Ponce Sanginés 1991, p. 8; Muñoz Reyes 1977, p. 32; Montes de Oca 1982, p. 146; Castillo 1987, p.3.
3. Dejoux e Iltis 1991, p. 11.
4. Ponce Sanginés et al. 1992, p. 13.
5. Unzueta 1975, p. 177.
6. Brockman 1978, mapa.
7. Cochrane 1973, p. 169.
8. García y Viparelli 1975, fig. 1-15.
9. Ponce Sanginés 1989, p. 191.
10. Servicio nacional de caminos 1992, p. 20.
11. Pérez 1984, p. 115.
12. Ponce Sanginés y  Mogrovejo 1970, p. 208.
13. Nadaillac 1883, p. 400.
14. Ponce Sanginés 1994b, p. 66; Ministerio de  asuntos campesinos y agropecuarios 1974, pp. 122-125.
15. Ponce Sanginés 1994b, p. 67; Pulgar Vidal s/d, p. 55; Dollfus 1981.
16. Ponce Sanginés 1995b, p. 13; 1999b, p. 13.
17. Ponce Sanginés et al. 1971, pp. 95-121.
18. Ponce Sanginés 1995b, pp. 15-32; 1999b pp. 15-32.
19. Ponce Sanginés 1989, p. 32.
20. Ponce Sanginés 1995b, pp. 63-81; 1999b, pp. 109-177.
21. Ponce Sanginés 1995b, pp. 109-177.
22. Montaño de Ponce Sanginés 1993, pp. 3-4.
23. Ponce Sanginés 1995b, pp. 211- 270; 1999b, pp. 211-270..
24. Ponce Sanginés 1990, p. 162.
25. Ponce Sanginés 1995a, pp. 61-62; 1999a, pp. 61-62..
26. Ponce Sanginés 1990, 1969, 1964, 1963.
27. Escalante 1993, p. 174.
28. Ponce Sanginés 1995a, p. 61; 1999a, p. 61.
29. Ponce Sanginés 1995b, pp. 226-230; 1999b, pp. 226-230.
30. Ponce Sanginés 1993b.
31. Ponce Sanginés 1995b, pp. 233-234; 1999b, pp. 233-234.
32. Ponce Sanginés 1981, p. 188, fig. 60.
33. Ponce Sanginés 1995b, pp. 234-236; 1999b, pp. 2343-236.
34. Sampeck 1991, p. 2.
35. Janusek y Earnest 1990, pp. 236, 240.
36. Sampeck y Earnest 1990, p. 247.
37. Escalante 1993, p. 242.
38. Paredes 1955, p. 42; Elorrieta 1992, p. 42.
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Modificado el ( viernes, 08 de febrero de 2008 )
 
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